Hace unos días, el padre de uno de los jóvenes desaparecidos en Ayotzinapa, lamentó que no se ha seguido "suficientemente" la línea de investigación que conecta al narcotráfico con la agresión y desaparición de los estudiantes. La acusación iba directamente contra el gobierno y la versión oficial de los acontecimientos de aquella noche.

Sin embargo, la sociedad siempre lo supo, y por supuesto el gobierno también. Pero hasta donde recuerdo, se dijo entonces que las autoridades omitieron insistir en esa línea para evitar el enojo de los padres por poner sobre la mesa cualquier indicio de que pudiera haber una relación entre sus hijos y los delincuentes. Fue cuando vino a México el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), que ellos sí lo sacaron a la luz, e incluso hablaron de la existencia de un camión más y de personas ligadas con el narco que iban en los autobuses.

Hace unos días también, el diario La Jornada publicó una nota sobre lo que sucede en la región de la montaña baja de Guerrero, en donde la violencia ha obligado a los habitantes a abandonar sus pueblos. Y el diario español El País publicó otra sobre la delincuencia en la capital, subrayando cómo tiene copadas algunas zonas. No se salvan ni el pueblito ni la gran ciudad.

Traigo esto a colación para decir lo que todos sabemos: que el narco se ha apoderado de nuestra vida, o como decía Javier Valdez, "está metido en nuestras camas. Copulamos con él".

Y sin embargo, no todos están dispuestos a reconocer esta verdad.

El secretario general de la Organización de Estados Americanos, afirmó que "hay violencia en la campaña electoral mexicana" y que eso es "preocupante" e "inaceptable" (¡menos mal!), pero ni por accidente mencionó al crimen organizado, que como bien ha dicho el obispo de Chilpancingo, está metido hasta las cachas en las elecciones y es quien controla los territorios. Para el señor Almagro es como si la violencia viniera de quién sabe dónde, como si nadie tuviera la menor idea de los responsables de esto.

Y no es el único que finge no saber.

La Secretaría de Gobernación, la mismísima responsable de lo que sucede en el país, también dice que nada sabe de la participación del crimen organizado en el proceso electoral. Y esto es todavía más aterrador, pues si ellos no lo saben, ¿entonces quién?

Eso sí, nos advierte el secretario que "no se permitirá esa participación". ¡Menos mal! Pero, como si ellos pudieran no permitir algo que hace el narco.

Por su parte, Andrés Manuel López Obrador, se ha ufanado de haber recorrido todo el país y asegura que no es cierto lo de la participación de capos en las elecciones: "He recorrido todos los municipios de México y no he visto nada de eso". Pues claro que no, ni modo que lo iba a ver, primero porque eso no se ve cuando uno pasa un rato por algún lugar y segundo, porque tal vez no ha ido a donde eso sí se ve. Como dice un poblador de Zitlala: "Ni los capacitadores del Instituto Nacional Electoral ni ningún candidato se han presentado en el pueblo".

Pero allí están los desplazados y los asesinados. Eso que ni qué. Están aunque nadie mencione a los culpables de que las personas tengan que abandonar sus lugares y de que haya tantos muertos.

Los candidatos hablan de seguridad como si México no fuera territorio dominado, controlado y gobernado por el narco. No por el gobierno ni las instituciones, no por el ejército ni las policías. Y pretenden que es posible hacer las elecciones como si eso no sucediera.

Pero no es ni puede ser así. Y no porque viejos políticos o mafias o sindicatos corporativos metan mano en el proceso, sino porque quien manda y decide es el crimen organizado. Que pregunten si no en Morelos, en Guerrero, en Tamaulipas, en Veracruz, en Michoacán, donde la realidad es, como dicen, muy otra.

Pero claro, no hay más ciego que el que no quiere ver.

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EL ARTÍCULO

Sara Sefchovich