Ya están las cartas sobre la mesa. Los tres grandes partidos políticos ya cuentan con un precandidato visible a la Presidencia de la República, lo que permite a los estudiosos de la opinión pública, dirigir mejor sus baterías para medir las preferencias electorales.

La reciente encuesta de Consulta Mitofsky realizada entre el 7 y el 9 de diciembre, y publicada en el diario El Economista, nos revela un escenario de intensa competencia política. Por partidos políticos, el 18.9% votaría por el PRI; 18.7% por el PAN y 19.6% por Morena con un 27% de indecisos. Por coaliciones, la conformada por PAN/PRD/Movimiento Ciudadano atrae el 23.1% de las preferencias; PRI/Partido Verde el 21.4% y Morena/PT 24.9%. Por candidatos, Ricardo Anaya cuenta con 20.0% de la intención de voto, José Antonio Meade 19.4% y López Obrador 23.0%.

Considerando el margen de error de la mencionada encuesta, estamos ante un virtual empate técnico entre los tres partidos, las tres coaliciones y los tres candidatos. Pasemos a analizar los activos y debilidades de cada uno de ellos.

Empecemos con AMLO, quien a pesar del intento de posicionarse como un político moderado, de centroizquierda, sigue exhibiendo rasgos personales que lo han caracterizado, que habla de su carácter contradictorio.

Con sus recientes insultos contra Meade y Anaya llamándolos “señoritingos”, “pirrurris”, “puchos” (blancos o pálidos) porque no “visitan los pueblos”, López Obrador ha abierto una peligrosa vertiente de odio social en un país polarizado por profundas desigualdades y donde el color de las personas es, efectivamente, un factor que condiciona las oportunidades de bienestar en México. Se trata de un abierto llamado a la confrontación entre mexicanos. Con ello, AMLO se asemeja a Trump, quien apeló al supremacismo blanco para ganar las elecciones en Estados Unidos. Los populismos de derecha y de ultraizquierda se tocan.

¿Alguien se ha preguntado por qué su partido se llama Morena? AMLO apela a los sentimientos de frustración de grandes segmentos de la población, al rencor de los que nada tienen hacia aquellos que todo lo poseen, las minorías blancas, urbanas, educadas en universidades privadas. Su victoria traería consigo la purificación de la vida nacional, la redención de los débiles, el fin de la inseguridad, la corrupción y la pobreza por la sola virtud moral del líder.

Juega con fuego, piensa, como dice Denise Dresser, que “haga lo que haga, diga lo que diga, mantendrá el apoyo de sus seguidores hasta el infinito, porque lo suyo es remover cualquier obstáculo a la voluntad popular y colocar en una pira ceremonial a los enemigos del pueblo”. Alguien en su círculo cercano debe decirle que las palabras tienen consecuencias y que los desatinos verbales se pagan con votos. AMLO ya alcanzó su techo de intención de voto, pero que tiene un amplio margen para caer.

Mientras escribo esto José Antonio Meade, el candidato del PRI, acaba de realizar el arranque de su precampaña en San Juan Chamula, un municipio indígena de los Altos de Chiapas lleno de simbolismo, porque se trata de un enclave de enorme pobreza y fue escenario de la rebelión zapatista de 1994.

Su mensaje fue directo: “no hay un solo minuto que perder en la tarea de hacer a México más grande y más justo” y señaló que partirá de lo que el país ha alcanzado con Peña Nieto, y ahí está su principal lastre.

En una entrevista otorgada al periódico El País, se le preguntó si estaría dispuesto a investigar casos de corrupción de la actual Administración priísta, involucre a quien involucre, y su respuesta se ha convertido en parte del anecdotario del absurdo: “Tenemos que movernos en un esquema en el que la pregunta no sea válida. Vamos a funcionar bien cuando la pregunta deje de tener mérito”. ¿Qué quiso decir? Es el clásico lenguaje de la evasión, la narrativa de un hombre que no sabe cómo desmarcarse de sus compromisos con un sistema y con un partido que son, precisamente, sinónimo de descomposición, de inmoralidad, de impunidad.

Nunca ha contendido por un cargo de elección popular, no conoce las reglas de la política, el hombre puede ser portador de algunas ideas de cambio pero está secuestrado por la cultura autoritaria del PRI y su estructura corporativa y clientelar. El margen que tiene para una narrativa innovadora es cortísimo.

Dice el escritor Juan Villoro que cuando habla Meade “parece que estuviera leyendo una hoja de cálculo de Excel”. No tiene posicionamientos contundentes a los grandes temas que le interesan a la gente. Así le va a ser muy difícil conectar con los electores.
A Ricardo Anaya le dedicaré mi próxima colaboración.

Marco A. Paz Pellat
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.